El Adviento Tradicional

El Adviento Tradicional

Por Pam Melyan-Bratton

Me crie con un Adviento tradicional. Con tradicional, quiero decir con un calendario barato de cartón con pequeños chocolates navideños, detrás de pequeñas puertas perforadas, identificadas con fechas de diciembre. Las fechas estaban esparcidas, sin ton ni son, por el calendario. Lo que me hacía salivar cuando buscaba mi dulce navideño y me hacía pensar, después de buscar por tres minutos, que a alguien se le había olvidado incluir el 12 de diciembre.

Mi esposo y yo compramos ese tipo de calendario de Adviento para nuestro hijo los primeros años de su vida, aun cuando lo único que tenía eran encías sin dientes, porque era la tradición y nosotros, como buenos padres, podíamos ayudarlo a comerse los chocolates. El año pasado me di cuenta de algo. Uno podría argumentar que cualquier tipo de chocolate es bueno por el simple hecho de ser chocolate, pero tengo que discrepar. El chocolate en los calendarios de Adviento de cartón no es apto para el consumo humano. Ese chocolate parece más a un crayón majado, metido en un molde de ángel. No todos los chocolates merecen la misma consideración, y esto lo dice una mujer que probablemente se comería un chocolate que se haya derretido en mi bolsa o el asiento del carro, si mis hormonas están alborotadas.

El año pasado decidí cambiar las cosas un poco y empezar una nueva tradición navideña. Usamos nuestro precioso calendario navideño de conteo regresivo que está hecho de fieltro. Tiene un Santa jocoso, Rodolfo el reno y Frosty, el muñeco de nieve. Está adornado con bolsillos para las fechas de diciembre 1 al 24, todo en perfecto orden numérico. Colocamos un pequeño bastoncillo de menta satinado atado a una cinta en el bolsillo del día para marcar la cercanía de la llegada de Santa… digo, el nacimiento de Jesús. Sí, sí, el nacimiento de Jesús. Soñé con poner un besito de chocolate u otro chocolate pequeño en un bolsillo cada noche. ¿Y qué pensaba nuestro hijo de quién ponía los dulces? ¡Pues claro… un duende! Porque es solo natural continuar mintiéndole a los niños sobre personajes extraños, hombrecitos y conejos gigantes que llegan a la casa en medio de la noche. También debí haber soñado con un duende de verdad que hiciera todo este trabajo por mí, porque toda la planificación y el trabajo que toma todo esto es agotador.

Así que me gustaría echarle la culpa de los siguientes percances a alguien que llamaré Duende. A Duende, el dueño del circo debió haberlo trabajado hasta más no poder o estuvo festejando toda la noche. Y puedo decirles, porque conozco a Duende bastante bien, que definitivamente no estaba de fiestas. Duende no puede estar de fiestas como ella, digo, Él solía. En solo dos semanas, catorce días en total, ¡a Duende se le olvidó poner el dulce en los bolsillos ocho veces!

Todas las mañanas, nuestro hijo corría al calendario regresivo con la esperanza de comerse un chocolate a las 7 de la mañana. Pero, una mañana escuché: “Mamá, ¡no hay nada en el bolsillo!” Uff, pensé. Corrí al gabinete y agarré un besito de chocolate y pregunté: “¿Estás seguro?”. Busca bien, por ahí, como por allá (lejos del calendario), tratando desesperadamente de distraerlo. Mamá Duende caminó al calendario con el besito en la mano, miró en el bolsillo y lo dejó caer dentro del bolsillo. “Oye, el Duende lo dejó caer bieeen abajo, dentro de este pequeño bolsillo, donde se puede atascar”, le dije con mi voz llena de sorpresa. Y con esa, mi hijo sacó el chocolate, sonrió y exclamó, “¡Upa!”, mientras se empujaba el chocolate en la boca antes de ingerir ni una migaja de desayuno. ¡Crisis librada!

Otra mañana, nuestro hijo voló su pequeña y alegre personita al calendario y escuché: “Mamá, ¡no hay nada en el bolsillo!” Repetí la misma escena. Conseguí otra gran sonrisa de mi hijo y me dije: “Oye Duende, enfócate”.

Y otra mañana de diciembre, llena de luz, escuché: “¡Mamá, no hay nada en el bolsillo OTRA VEZ!” Y creo que lo oí susurrar: “¿Qué le pasa a este Duende?” ¡Ay, por el amor de los besitos de chocolates! Mandé a mi hijo a buscarme algo en otro cuarto, mientras colocaba el besito de chocolate en el banco debajo del calendario. “¡Oye amiguito, parece que se cayó! ¡Ahí está en el banco!”

Alguien se preguntará ¿por qué me complico más la vida durante la temporada de Navidad? Pero lo hago, y lo hago por la sonrisa. Lo hago por el placer sencillo de un niño en la época de Navidad. Aun cuando recuerde esta pequeña tradición y diga: "¿ Qué estaría bebiendo ese Duende?”

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